miércoles, 1 de mayo de 2019

Coincidencias y malos entendidos.


Coincidencias y malos entendidos.



Un largo y agotador día, sin duda, pero Eduardo Gracia sonríe aliviado: el minutero del reloj control se afana ya en las últimas tres barritas que son los últimos tres barrotes que lo separan de la diaria libertad after hour. Disimuladamente, para que nadie repare en su premura por partir —le costaría una andanada de arteras pullas de parte de sus compañeros y una condenadora levantada de cejas de su jefe— Eduardo Gracia comienza a ordenar su escritorio y a guardar la papelería para archivar el día siguiente en sus correspondientes cajones. Junto a su maletín, en el piso, reposa la bolsa plástica de la Librería Nacional con los útiles de dibujo que Camila, Camilita, su chiche, le pidió como regalo de cumpleaños, y que Eduardo adquirió concienzudamente en la Librería Nacional sacrificando íntegra su, de por sí, escasa hora de almuerzo. Lo de hora es un eufemismo, cuando anda con ataque de buena voluntad el jefe les concede treinta minutos, pero pareciera que hace tiempo ya se vacunó. Pero aun así Gracia cumplió su cometido feliz porque hoy es el día exacto del onomástico de su tesoro. Cayó en viernes este año, por lo que al día siguiente se celebrará con la familia; los primos, tíos y abuelos que llegarán ansiosos y voraces como langostas en manda y que, después de interminables horas del suplicio de interminables conversaciones interminablemente insulsas se irán, como siempre, insatisfechos y pelando por cada detalle que no calce con sus ideas de cómo debe vivirse la vida, la propia y sobre todo la ajena, dejando el salón, jardín, baños y cocina en un lamentable estado de tierra arrasada. Año tras año. Pero hoy… hoy no; hoy es la celebración íntima de ellos, su esposa Silvita, su hija Camilita y él, el rey de la casa.
¡Las siete, por fin! Hoy el sádico reloj-control se demoró más que otras veces, con su cansino paso de anciano senescente, que ojalá repitiese en las mañanas en el acuse de la hora de entrada. No, ahí sí que avanza ágil, gracioso y veloz, como una colombina alegre y feliz. Y sádica, por cierto, como disfrutando cada minuto que le roba a su tarjeta de entrada, cada peso que le merma a su raquítico cheque de fin de mes.
Pero ya está afuera, eso es lo que importa. Todo lo demás es secundario, todo lo demás —el reloj, el sueldo, los imbéciles de sus compañeros, el pelotudo del jefe— puede esperar hasta mañana de nuevo. Lo que importa ahora es apurar el paso para llegar cuanto antes a casa, a soplar las velitas y cantarle el japibersdei a la Camilita. Cinco años cumple hoy su tesoro, su preciosura, y tan linda ella. No le pidió un celular, ni una Barbie, ni una tablet… le pidió simplemente ¡un block grande, papá, y hartos lápices rojos de todos los colores! Linda ella, qué criatura más consciente y adorable. Se ríe solo de puro contento.

Cruza raudo, en dirección al norte, el Parque Forestal, dejando atrás la oficina, sorteando a los rabiosos ciclistas y las furtivas parejas que se han puesto de acuerdo para ponerse por delante y entorpecerle el paso, para demorarlo aún más en su camino de vuelta a casa. Pero no le importa, la idea de ver la carita de felicidad de su nena al abrir la bolsa de regalo se superpone a la luz de los semáforos en rojo y al agua que salpican los automóviles que desvían a propósito su camino para pasar sobre los charcos en las cunetas y empapar de pies a cabeza a los desprevenidos peatones como él. Ha llovido sobre Santiago y las calles brillan a la luz de los faroles.
Llega al último semáforo carmesí —el color preferido de Camilita, es el que más ocupa así que le lleva hartos lápices en ese tono— y se detiene a esperar la luz de paso. Su pecho está henchido como globo de cumpleaños de contento, siente ganas de sonreírle a todo el mundo y contarle lo feliz, lo orgulloso, lo dichoso que lo hace ese portento de hija que tiene. Tarde llegó a su vida eso sí, no puede negarlo, su carnet indica que ya hace rato que superó la cincuentena. Su mujer, la Silvita, tanto más joven que él, un día cualquiera se quitó el dispositivo convencida de que ya no era necesario llevarlo y un par de meses después se volvió a convencer de que sí lo era.
La Silvita… esposa mejor que ella no podría siquiera imaginar, por mucho que se esforzase. Ejercicio que, por supuesto, no tiene el menor interés en realizar. Se siente feliz con su vida, con su familia, con lo que le tocó vivir. Cada cosa está donde tiene que estar y con eso le basta. Todo lo demás, secundario.
Mientras espera el cambio de luz un grupo de muchachas y muchachos de no más de quince o dieciséis años, se detiene a su lado. Por su vestimenta se ve que no vienen del colegio, sino que más bien se dirigen a algún carrete al barrio Bellavista. A alguna especie de previa tal vez, aunque es demasiado temprano aún, quizás qué motivo les trae por acá, pero da lo mismo, piensa, quién entiende a los jóvenes de hoy. Los de este grupo son bulliciosos y mal hablados y se sorprende y remece un poco con el calibre de los epítetos que se lanzan entre ellos, todo en medio de sonoras carcajadas y el humo de los cigarrillos que engullen como caramelos.
Al cambiar la luz del semáforo Eduardo Gracia y la muchachada, un solo pelotón, atraviesan la Costanera, enfilan por el puente Pio Nono y llegan a la otra esquina, en donde está la parada del bus que le sirve a él. Curiosamente, el grupo de adolescentes no sigue camino al barrio Bellavista, sino que se detiene en el mismo paradero, junto a Eduardo, al parecer también a la espera de algún microbús que les lleve a su destino.
A Gracia le incomoda un poco la situación. El lenguaje de los muchachos ha ascendido a un volumen escandaloso y descendido a niveles realmente groseros y no hay manera de que él deje de escucharlos. Sólo atina a mirar hacia otro lado, a los vehículos que pasan veloces en dirección al Oriente, a sus propios hogares en dónde, imagina él, otras Camilas y otras Silvitas esperan también ansiosas, como las suyas, la llegada del pater familias.

Ya ha oscurecido. Es Julio en Santiago, la noche cae temprano y todos los vehículos circulan con los focos encendidos. Eduardo estira el cuello por sobre el bullicioso tropel de jóvenes tratando de avizorar, entre el enjambre de luces, algún indicio de que se aproxima su bus, pero nada.
Para matar el tiempo revisa una vez más el contenido de la bolsa con los utensilios de dibujo que componen el regalo para Camila. Le enternece la vista de los lápices, rojos en gran proporción, que en las manitas pequeñas y tiernas de su hijita llenarán de asombrosas formas y mágicas tonalidades las hojas de ¡un block grande, papá, y hartos lápices rojos de todos los colores! Una lágrima de pura ternura amenaza con dejarse caer para mezclarse con las gotas de llovizna que humedecen su cara. Ha comenzado a garuar levemente.
Eduardo Gracia se sube las solapas de la chaqueta para cubrirse el cuello y lamenta no haberle hecho caso a Silvita cuando le sugirió que llevase un paraguas. Algún día tendrá que reconocer quién es la juiciosa de la familia. En eso nota que junto a él, muy próxima, casi tocándolo, empujándolo casi, dándole la espalda y absolutamente sumergida en el diálogo con sus amigos, se halla una jovencita de no más de quince años pero que, al parecer por la importancia que le dan sus compañeros, es la que lleva el pandero en el hiperventilado grupo. Es delgada, bajita, si no fuera por la provocativa vestimenta que lleva —falda muy corta, maquillaje en exceso, collares y pulseras que tintinean vivazmente al ritmo de su ampulosa gesticulación— pasaría por una inocente escolar como tantas de su edad. Su frondosa cabellera de un hermoso castaño claro le recuerda a la de Camila. Cada vez que gira la cabeza hacia un costado alcanza a verle la respingada naricilla, los ojos grandes y las largas pestañas que también se asemejan a las de su hija. Piensa que algún día su niñita será como ella. Así de grande y así de linda, pero eso sí, muy educadita, toda una princesita que jamás dirá malas palabras ni andará en malas compañías. Él se encargará de que eso no ocurra. Sin advertirlo, se ha quedado pegado en la contemplación de la hermosa chica, embobado en las comparaciones -y coincidencias- con su niñita. Tan ensimismado está en su evocación comparativa entre su hijita y la muchacha, que no se da cuenta de que ella ha reparado en sus miradas y le observa, a su vez, con cara de irritada interrogación. Eduardo Gracia cae por fin en cuenta de la situación y, sintiendo que el rubor le invade la cara, sólo atina a sonreírle, avergonzado y a la vez enternecido ante la visión futura de su Camila.

  ¿Qué mirai, viejo huevón?
El golpe lo vuelve a la realidad. No puede creer lo que escucha. Tomado completamente de sorpresa sólo alcanza a balbucear unas palabras de disculpa pero ya es demasiado tarde. Los acompañantes de la chica se han puesto en alerta y uno de ellos, en actitud muy agresiva, se para frente a él, mirándole directamente a los ojos al tiempo que se dirige a su amiga.
  ¿Qué onda, amiga? ¿Te está molestando este viejo rancio?
  Hace rato que cacho que el huevón está coqueteándome. Creerá que ando muy necesitada el asqueroso.
  ¿Qué te pasa con la mina, viejo de mierda? ¿Ah? ¿No veís que puede ser tu hija, pervertido culiao?
Eduardo Gracia enmudece, atónito, absolutamente desconcertado. No alcanza a asimilar bien lo que está pasando porque un fuerte empujón casi lo hace caer de espaldas, evitándolo a duras penas, afirmándose de mala manera en un poste de luz. Intenta articular alguna explicación cuando un primer puñetazo en el estómago lo deja sin aire. Despavorido, retrocede intentando recuperar el aliento, trastabilla, intenta sujetarse del tronco de un árbol pero ya cuatro o cinco muchachones se le van encima, a punta de combos, patadas y salivazos.
Desesperado, aterrorizado, clama por que lo dejen tranquilo, que todo fue un mal entendido, que él no tuvo intención de. Se cubre malamente la cabeza con su maletín y la bolsa que contiene el regalo para su Camila. Cuando advierte que la cosa va muy en serio y que los muchachones están realmente descontrolados, grita desesperadamente a los conductores de los autos que se han detenido en el semáforo implorándoles socorro. Desde la ventanilla del copiloto de uno de ellos, el más cercano, una señora grita que no le peguen, que va a llamar a los pacos y hace ademán de usar su celular. Algunos conductores, horrorizados con la golpiza, comienzan a tocar sus bocinas para espantar a los agresores. Pero algunas de las muchachas y muchachos del grupo se acercan a los vehículos y a gritos les explican que están castigando a un abusador de menores, que trató de aprovecharse de una niña inocente, que le metió la mano debajo del vestido, que tiene una cámara oculta en su maletín, que podría ser una hija de ellos. La mujer del auto deja el celular a un lado y, al momento de partir el vehículo, les grita con entusiasmo:
  ¡Entonces sáquenle la mierda a ese chuchesumadre!
Desde otro auto que también parte un señor de cierta edad saca medio cuerpo por la ventanilla al tiempo que aplaude solidario.
  ¡Bien, cabros, pa’ que aprenda ese asqueroso! ¡Denle duro, no más!
El choclón de autos se aleja y con ellos la débil esperanza de Eduardo Gracia de obtener alguna ayuda. Los pocos transeúntes que pasan miran de reojo y apuran el paso, desentendiéndose del suceso. Algunos de ellos, sin embargo, informados de lo que se trata por los portavoces de la pandilla, se detienen a gozar del espectáculo e incluso avivan a los muchachos y más de algún puntapié aportan a la paliza.
  ¡Tirémoslo al río!  exclama uno de ellos, más creativo.
Apenas consciente de que su única esperanza de liberarse es pasando al contraataque, Eduardo Gracia lanza algunas patadas y combos que escasamente llegan a destino y que sólo sirven para enardecer aún más a sus verdugos. El sabor de la sangre invade su garganta junto con dos o tres objetos pequeños que él intuye como algunos de sus dientes. Con el fin de poder acertarle mejor, uno de los muchachones le arranca de un tirón el maletín con que el agredido intenta amortiguar los golpes y trata de hacer lo mismo con la bolsa que contiene el regalo de cumpleaños de su hijita.
Gracia se aferra a él con ambas manos, intentando proteger su preciado tesoro.
  ¡Suelta, viejo culiao!— le espeta su agresor, al tiempo que da un feroz y definitivo tirón a la bolsa la que termina de romperse al tiempo que el block de dibujo y los lápices vuelan por el aire cayendo al suelo embarrado de llovizna.
— ¡Noooooooo!— grita Eduardo, despavorido.— ¡Los lápices no! ¡Los lápices no! ¡Camilaaaaaaaaa…!

Todo se inmoviliza. Las muchachas y muchachos y los espectadores quedan petrificados ante este aullido desgarrador, infrahumano. Desconcertados a su vez, los miembros de la pandilla dirigen interrogadoras miradas a la chica causante de los hechos.
  ¿Qué onda, Camila, te conoce? ¿Quién es este huevón? ¿De dónde sabe tu nombre? —se multiplican los murmullos al tiempo que ella emerge del grupo y se acerca al sollozante caído.
Entremedio de la sangre, las lágrimas y el barro que le cubren los ojos, Eduardo Gracia alcanza a reconocer la melena clara, las pestañas sedosas, la naricita respingada y los inmensos ojos que le observan con una mezcla de sorpresa, miedo e indignación y, tratando de incorporarse, estira sus brazos hacia ella. Los demás se han ido acercando poco a poco, formando un ruedo alrededor de la pareja. La chica recoge uno de los lápices del suelo, uno rojo, y lo mira, luego mira a Eduardo Gracia, sin entender nada. Él, a duras penas, ha logrado ponerse de rodillas y extiende sus brazos hacia ella.
  Camila, mi amor, mi tesoro, tus lápices…
  ¡Cállate, huevón, yo no te conozco y no tengo nada que ver con tus lápices!
  Amorcito mío, Camilita de mi alma, deme un beso, mi vida, su papito le trajo sus lápices.
  ¡Ahí tenís tu lápiz, viejo culiao asqueroso!— chilla con rabia la Camila grande.
¡Feliz cumpleaños, amorcito mío!— exclama Eduardo Gracia, lleno de ternura, al tanto que, entremedio de la sangre, las lágrimas y el barro que le cubren los ojos, alcanza a divisar el afilado lápiz, carmesí por supuesto, que atravesará uno de sus ojos, incrustándose en su cerebro y apagando su luz para siempre, mientras en alguna casa de la zona oriente de Santiago una pequeña niña de melena clara, naricita respingada y ojos grandes y su madre, impacientes, mirarán una y otra vez por una ventana a la calle mojada por la llovizna esperando ver aparecer, en cualquier momento, al jefe de familia que, cosa extraña y por primera vez desde que tienen memoria, demora tanto en llegar.



                                                                                                 H. O. M.
                                                                        Santiago de Chile, febrero de 2015.











No hay comentarios: