Ana (y Manuel).
Un revoloteo de alas lo saca del ensimismamiento y lo devuelve a la verde realidad de la tupida arboleda de la plaza. Una paloma, encaramada sobre su rodilla derecha, picotea las pocas migas que aún quedan en su palma extendida, con un ojo puesto en la tentadora comida y el otro en la mano libre del hombre, temerosa de que un sorpresivo y alevoso zarpazo le corte para siempre el aliento. A sus pies, una expectante congregación de aves aguarda ansiosa a que se renueve la lluvia de migajas que día tras día, sin faltar ni uno solo, el anciano les provee al promediar la hora de once.
Se había quedado pegado en las risas de los niños que, unos metros más allá, se persiguen subiendo y bajando de los multicolores columpios y resbalines de los juegos, en la soleada tarde de otoño. ¿Tendrán seis, siete años, tal vez? Más o menos los mismos que tienen sus nietecitos, Andreíta y Sebita, de Manuel José, su hijo mayor, y Carlita y Niquito, de Ana Luisa, la menor. ¡Tanto tiempo que no los ve! A ninguno de ellos, nietos e hijos. Habían quedado de venir para la Navidad pero problemas de última hora les habían impedido concretar la visita. Él entiende. Santiago es muy grande y no es fácil, con los niños a cuestas, atravesarlo desde el barrio alto hasta la humilde casa paterna, a pesar de que Ana le hace ver que, con los tremendos autos que tienen, igual podrían hacer el esfuerzo. Es que ella no entiende. Los regalos para los niños, con sus cintas y tarjetitas, quedaron a los pies del pino de plástico que, meses después de pasadas las fiestas, aún permanece con sus luces y adornos en la sala. Ana le insiste todos los días en que lo guarde, que ya no son fechas para tener armado el árbol de Pascua, pero él lo mantiene en su lugar y lo enciende de vez en cuando, imaginando las caritas de los niños abriendo sus paquetes. “Manuel, los niños ya no van a venir, guarda ese árbol. Los regalos servirán para la próxima Navidad, si los hijos pueden traerlos” puncetea su mujer. Es que ella no entiende. Pero él sí.
Espanta suavemente a la paloma de sus piernas, se sacude de las manos los últimos mendrugos con un escándalo de carreras cortitas y aletazos a su alrededor, se yergue trabajosamente del escaño de madera, coge su bastón y, arrastrando un poco los pies y cojeando de forma notoria, emprende el camino a casa. Antes parará en el boliche de la Jovita para comprar un par de cosas para la comida.
— ¿Ya se va, don Manuel?— lo saludan a la pasada.
— Sí, señora Rosa, ya se está poniendo frío y empieza a dolerme la rodilla. Además tengo que llevarle la cena a la patrona— responde él, jovial, deteniéndose y tocándose el ala del sombrero
— Aaaahhhh. ¿Y… cómo está la señora Anita?
— Bien, la vieja. Rezongona como siempre, pero firme como un roble. Que tenga una buena tarde, señora Rosita, hasta mañana— se despide, encaminándose al negocio de la esquina.
— Hasta mañana, don Manuel. Cariños a su señora— menea con pena la cabeza la señora Rosa, siguiéndolo con la vista mientras se aleja.
Mira a un lado y otro de la calle, aun cuando el semáforo está en verde y los vehículos detenidos desde hace largos instantes, y cruza abandonando la plaza por el paso de peatones.
A medio camino cambia la luz, pero los conductores esperan pacientemente que llegue a la vereda antes de reemprender la marcha. Algo de respeto inspiran el bastón, las canas y las arrugas que luce su rostro.
— ¡Cómo está este bandido! Cada vez más grande tú, oye, parece que te alimentan con puro Alimento Meyer— irrumpe en el local don Manuel. —Buenas tardes, Jovita, que está grande y encachado su chiquillo, por Dios, cómo ha crecido.
— ¿Cómo está usted, don Manolito? Pero si lo vio ayer, no más, está igualito el Pedro.
— Es que crecen tan rápido estos cabros ahora. Juraría que hoy mide unos cinco centímetros más.— insiste el anciano, acariciando al pasar la cabeza del muchachito que ayuda a su madre en las tareas del emporio.
— Bueno, puede ser, con todo lo que come. Parece sabañón.— concede ella, conciliadora —¿Qué va a llevar, don Manolito?
— ¿Tiene algún recado para mí, Jovita?— pregunta él con fingida indiferencia.
— Pedro, ¿ha llamado alguien al caballero hoy día?
— No, mamá, nadie.
— Pucha, no, don Manuel, ningún recado para usted,
— Bueno, no importa, para otra vez será. Deme un par de bolsitas de té, pero del bueno, no de ése que me dio ayer, que no tiñe nada. Dos torrejas de mortadela y dos hallullitas. Una para mí y la otra para la bruja.
— ¿Para la señora Anita?
— ¿Y qué otra bruja va a ser? Es la única que tengo.— se ríe un tanto forzado él, mientras cuenta las monedas que deja en el mesón. —Y ahora me voy corriendo porque me van a retar por llegar tan tarde. Hasta luego, Jovita. ¡Chao, campeón!
— Hasta luego, don Manuel, no corra mucho que se puede caer de nuevo.— se despide la almacenera, mirándolo mientras él se aleja camino a su casa. —Que me da pena este caballero, con lo bueno que es.
— ¿Pena por qué, mamá?
— Termina de ordenar las verduras. Después te cuento.
Don Manuel camina lenta, cuidadosamente, por la accidentada vereda que conduce a su hogar. Las roturas en el pavimento son permanente motivo de cuidado para el encorvado anciano, desde la caída que sufriera tiempo atrás y que le costó, aparte de un prolongado período de convalecencia, tener que depender para siempre del bastón en sus traslados por la vida. Cada vez que sus pensamientos vuelven a esos días, su ánimo se nubla. Y no sólo por el recuerdo del dolor que le produjo la fea fractura de rodilla, sino también por el desgarro sufrido en su corazón. Durante los largos meses en que estuvo confinado en su vivienda ni Ana Luisa ni Manuel José vinieron a acompañarlo. Un llamado de tarde en tarde –aún tenían teléfono en la casa en ese entonces-, promesas de prontas visitas y las consabidas disculpas en la siguiente incómoda y breve llamada fueron todo lo que recibió de ellos. Pero los cuidados de sus vecinos, preocupados de que no le faltara nada, y el constante apoyo de Anita hicieron más llevaderos esos aciagos días de padecimiento. Sus hijos no pudieron venir. El trabajo, la distancia, las obligaciones, los niños… En fin, dolió, pero él entiende.
La tarde está por fugarse cuando la puerta de calle se abre revelando el sencillo mobiliario que adorna la pequeña vivienda. El anciano entra con cuidado, enciende una luz, cuelga el sombrero en la percha y va a la cocina a preparar la frugal cena para dos.
— ¡Anita, llegué! ¿Estás en la sala?
— Sí, mi amor, donde siempre. ¿Cómo te fue?— la suave y cariñosa voz de su esposa le llega desde el interior.
— Bien, mi vida. Les di el pancito que dejaste ayer a las palomas y compré algunas cosas ricas para la comida. La señora Rosa y la Jovita te mandaron saludos.
— Qué amables. Mañana se los correspondes, ¿ya? Diles que siempre me acuerdo de ellas.
— Ya, mi amorcito. Voy a preparar la comida. ¿Prefieres té solo o con un poco de leche?
— No tengo hambre, corazón, guarda mi pan para mañana y se lo das a las palomas.
— Pucha, amor, nunca comes nada.
La tetera lanza su pitido sobre el anafe a parafina y don Manuel lo apaga, vierte un poco de agua hirviendo sobre la bolsa de té que ha colocado en su tazón y con una hallulla y la mortadela se sienta en la mesa de la cocina. Come lentamente. El líquido caliente le entibia el cuerpo y lo pone de mejor ánimo.
— La Jovita me tenía un recado de la Anita Luisa.— comenta hacia la sala. —No la llamé de vuelta porque no llevé plata para el teléfono y no me gusta quedar debiendo. Dice la Anita que la próxima semana viene con los niños.
— Ah, qué bueno, mi amor.
— Voy a encender el árbol un ratito para asegurarme de que las luces funcionan bien.
— ¡Pero, Manueeeel…!
— Un ratito, no más. Lo apago al tiro.
Anita, sentada en su mecedora, lo sigue con la mirada cuando su marido cruza frente a ella camino al rincón de la sala en donde está el pino navideño. De reojo, él se cerciora de que no esté molesta y no, ella le sonríe cuando lo ve pasar. Anita siempre sonríe. Activa el interruptor y la oscura sala se ilumina con los rayos multicolores de las luces navideñas. Él está feliz. Imagina el arbolito rodeado de niños expectantes por recibir sus regalos. Los ve abrazándolo agradecidos, llamándolos Tata a él y Lela a la Anita, que sonríe mirándolos dichosa también. Alumbrados por el resplandor del árbol, pasan el resto de la tarde conversando animadamente, hacen planes de comprar algunos pasteles y jugos para cuando vengan los nietos, coinciden en lo mucho que se parecen a sus hijos a esa edad, se ríen recordando algunas de sus maldades. Transcurre una linda velada hasta que Ana le recuerda a su marido que ya es hora de descansar, que apague las luces y vayan a la cama.
Don Manuel desenchufa el cable, se levanta, se dirige al dormitorio a encender la veladora. Luego vuelve a la cocina, apaga la luz y va a la sala donde levanta a su esposa con mucho cuidado, la conduce a la pieza y la deposita suave, amorosamente sobre el lecho, acomodando la almohada para que se sienta cómoda.
En el minúsculo baño realiza su ritual de aseo nocturno acostumbrado, se desviste con alguna dificultad, se pone el pijama y, con un suspiro de agrado, se introduce bajo las frazadas. Se inclina hacia su mujer, la mira unos instantes con adoración y le da un suave y tierno beso en los labios. Su aliento empaña por unos instantes el cristal del retrato en el que su Ana, sentada en su silla favorita, lo mira sonriendo amorosamente, como cada noche, como cada mañana, como cada tarde, desde hacen ya siete años, cuatro meses y unos cuantos días.
— Buenas noches, mi vida, que duermas bien.
— Hasta mañana, mi cielo, que tengas lindos sueños— le responde ella con un susurro.
Con un chasquido del interruptor la habitación queda en penumbras.
H. O. M.
Santiago, agosto de 2017.

2 comentarios:
Me emocioné!!, que lindo amor!
Qué ternura.
Un placer leerte.
Besos.
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