Me lo cruzaba casi siempre en las misma esquina, a distintas horas, diferentes días, pero de algún modo se las ingeniaba ¿o lo hacía yo? para que nos topáramos al menos un par de veces en la semana. Sabía que lo conocía de algún lado. Lo sabía él también. Se nos notaba a ambos cierta intriga en la expresión de la cara, un dónde crestas lo he visto en la levantada de cejas acostumbrada, en la suerte de sonrisa estúpida y a la rápida que nos brindábamos al pasar. Porque nuestros saludos no pasaban de eso y no alcanzaba para más tampoco: él desaparecía raudo, siempre montado en su vieja bicicleta con caries en los rayos, esquivando peatones y automóviles con una prestancia que ya se la querría cualquier carterista del Paseo Ahumada. Medio hippón, con su larga barba rulienta y entrecana, su entrada triunfal en la frente que ya pintaba para calva y esos ojos saltones que parecían mirar siempre más allá de uno. No podía acordarme de dónde: ¿la universidad?, ¿el partido?, ¿el calabozo? Algo por ahí.
Al fin me decidí a pararlo un día y derechamente preguntarle: oiga, compadre ¿de dónde crestas nos conocemos? Esperaba que él sí se acordara. O tal vez entre ambos pudiéramos hacer memoria común y dilucidar la incógnita. Tal vez nos demoraríamos conversando un rato, olvidando las tareas pendientes del momento. Tal vez caminaríamos juntos y terminaríamos en algún boliche del sector, tomándonos una cerveza y recordando -ya ubicados, ya reconocidos- amigos comunes, lugares comunes, historias comunes, sueños comunes, fracasos comunes. Tal vez nos emborracharíamos juntos brindando por lo que no pudo ser a pesar de tanto empeño que le pusimos, ¿no, ¡hic!, compañero? (¿Le puse?).
En una de ésas me contará que él aún sigue en ese empeño con el mismo empeño de antaño, que día tras día despierta con la utopía aún viva latiéndole en el pecho, que se niega a “aggiornarse” como muchos lo hiciéramos, con tanto entusiasmo, tan poca gracia y mucho menos vergüenza. Que aún cree en eso de que es posible un mundo mejor, que “hay hombres que luchan un año y son buenos…” y todo eso que alguna vez tuvo tanto significado para mí y para tantos como yo en ese entonces.
Capaz que su entusiasmo me contagie un poco y en una de ésas hará que me contemple en el empañado espejo de mi propia renuncia, de mi empalagosa comodidad a punta de cuotas mensuales y pastillas antiácido, y me hará cuestionar el cómo vivo ahora, cómo aguanto este trabajo de mierda que me tiene hasta las masas pero que no me atrevo a dejar ni cagando porque la Visa manda; cómo soporto al jefe negrero que ha convertido en su razón de vivir el hacerme la vida imposible, puntualmente, de ocho a diecinueve, de lunes a viernes y sin fallar un maldito día; y cómo a la mujer agria y rezongona que me espera en casa y a la que cada vez reconozco menos, que aguarda a que llegue cada tarde para terminar de arruinarme el día mientras se deja engordar con una dedicación digna de causas más nobles; a los críos insaciables y abusadores que cada vez me cuesta más aceptar que los haya engendrado yo, a la talonera interminable de los pagos del auto que ya tengo todo abollado y sin plata para pasar la revisión técnica. Capaz que en la comparación de lo que fui antes con lo que pretendo ser ahora me den, por fin, ganas y fuerzas de mandar a la chucha este remedo de vida que llevo, que sorteo a punta de ron colas y Diazepam. Capaz que recupere también la capacidad y las ganas de soñar, la dig-ni-dad, mierda, capaz que en una de ésas, en una de ésas…
Hoy al mediodía volví a toparme con el pelado de la bicicleta.
Le dí vuelta la cara.
H.O.M. Las Cruces, abril de 2008.

No hay comentarios:
Publicar un comentario