Se asomó al borde de la terraza y vio todo tan chiquitito que no
pudo evitar que una lágrima de ternura le resbalara por la garganta. Una tarde
bastante fría y nublada le había bajado el ánimo a tal punto que no le costó
mucho decidirse a saltar. A la altura del noveno piso pensaba en lo tristes que
estarían sus críos, esa noche, cuando lo vieran todo despaturrado en el
noticiario de las 10. En el séptimo un pájaro que se cruzó en su camino le hizo
el quite y se quedó mirándole mientras caía, extrañado tal vez de no verle
aletear. Cuando pasaba ya el quinto se abrieron las nubes y un rayo de sol
incendió los vidrios de los edificios circundantes, iluminando la tarde con un
destello majestuoso. Pensó que nunca había visto tan lindo a Santiago en
invierno así que, al llegar al segundo piso, golpeó en el ventanal y, cuando le
abrieron, pidió permiso, atravesó el comedor y el living de la perpleja
familia, abrió la puerta de calle y se alejó silbando en dirección al paradero
más cercano.
H.O.M. Santiago, junio de 2010.

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