miércoles, 24 de abril de 2013

Premio Nobel.


 


                                                                                 I

     Se sienta frente a la máquina de escribir. Con su mano derecha pone una hoja en blanco en el rodillo, con la izquierda levanta la pequeña palanca a un costado del aparato, la que regula la presión del papel, y con la derecha centra la esquela. Baja la palanca. Con la misma mano acciona la perilla que gira el rodillo y ubica la hoja a una altura adecuada para que las primeras letras se impriman al principio de la página, dejando la sangría adecuada. Es la primera hoja del primer capítulo de la primera gran novela que desde siempre ha querido escribir. La que lo rescatará del anonimato, la que dará sentido a la vida insulsa que sabe está llevando desde siempre, desde que salió de la secundaria, desde que deambuló por distintas carreras universitarias sin saber, sin ninguna certeza, sin ninguna inspiración, sin ninguna leve pista siquiera, qué crestas iba a hacer con su vida. Mira la hoja en blanco y apoya sus manos sobre las rodillas. Mira la hoja en blanco y suspira. Levanta la mano izquierda, mueve nuevamente la pequeña palanca, levanta ahora la mano derecha y vuelve a centrar la hoja. Quiere que todo sea perfecto. Es su primera gran obra. Quiere que la hoja guarde una misma distancia, a su derecha y a su izquierda, con relación al ancho del rodillo. Calcula al ojo los milímetros, mueve el papel un poco a la izquierda pero se pasa. Lo devuelve, lo acomoda, retira la mano derecha. Compara los extremos libres de papel del rodillo. Levanta nuevamente la mano derecha y hace un último ajuste. Se da por satisfecho. Con su mano izquierda vuelve la palanca de presión a su lugar y, ahora sí, apoya algunos dedos, de ambas manos, sobre el teclado. Mira el papel vacío. Pestañea. Vuelve a pestañear y retira los dedos. Retira las manos de la máquina ahora y las deposita nuevamente sobre sus rodillas. Mira la hoja en blanco.

                                                                                II

     Estira la mano derecha y alcanza una cajetilla de cigarrillos. Mira la marca. Es la misma que, en televisión, cada quince minutos y por treinta segundos cada vez, diferencia a los triunfadores del resto, de los demás, de los de más. Hace dos semanas que cambió sus king size de siempre por ésta otra. No ha notado, a su pesar, cambio alguno en su rutina, pero insiste en fumarlos aún cuando le raspan la garganta y le magullan el presupuesto. Busca inspiración en el alquitrán de los que saben vivir y con la mano izquierda se lleva un cigarrillo a los labios. La derecha vuelve la cajetilla a su lugar y entre ambas manipulan una caja de fósforos que estaba por ahí y logran inflamar una cerilla que prestamente enciende el cilindro de papel que cuelga de sus labios. La pequeña caja desaparece de escena, probablemente llevada por una de sus manos a algún lugar de la superficie del escritorio, pero él no se da cuenta. No está pendiente de este pequeño gesto. Su atención se concentra en las argollas de humo que produce su boca. No aparece la rubia del comercial, la que ensarta con su lengua las argollas que salen de los labios del rubio modelo triunfador. Ése que sí sabe vivir, por algo fuma esos cigarrillos y no otros. Insiste con dos o tres argollas más pero nada sucede. Su mano izquierda, un tanto bruscamente quizás, arranca de sus comisuras el cigarrillo a medio consumir y lo restriega, ahora sí con rudeza, en el cenicero lleno de colillas y ceniza que está junto a la máquina de escribir. Vuelve los ojos al papel, aún vacío, y los cierra. Sus manos se posan en el escritorio, con las teclas al alcance de sus dedos desconcertados. Aprieta con fuerza los ojos hurgando en sus pensamientos, en sus recuerdos, en sus propias experiencias de vida buscando la fuente de las primeras letras de las primeras palabras de las primeras frases de los primeros párrafos de los primeros capítulos de la primera gran novela que será su primer gran triunfo literario que cambiará para siempre su vida. No encuentra ninguna. Abre los ojos. Mira la hoja en blanco. Sus manos descienden sobre sus rodillas. Pestañea. Mira fijamente la página vacía. Pestañea una vez más. Mira la hoja. Vuelve a pestañear.

                                                                               III

     Aparta la mirada del papel y la dirige hacia la esfera de su reloj pulsera que en un ademán reflejo su mano izquierda, elevándose a la altura adecuada, ha puesto al alcance de sus ojos. Toma nota de la hora: le quedan cinco minutos. Cierra los ojos. En poco tiempo más deberá levantarse para comer algo, asearse un poco, salir a la calle, dirigirse a la casa de su patrón y recibir las llaves del taxi que maneja cada noche desde que recién oscurece hasta poco antes del amanecer. Sólo en la noche. En el día no. En el día hace otra cosa. Normalmente duerme. Aunque a veces camina por ahí. A veces se atreve a acercarse al barrio alto, a la casa en donde viven sus hijos con su madre verdadera y su padre postizo. Mira desde lejos, esperando vanamente ver asomarse a la Nancita o a Joelito, pero nunca tiene suerte. Nunca aparecen. Por eso ya casi nunca va. Por eso la mayoría de las veces prefiere deambular por el centro, buscando alguna mirada que coincida con la suya, alguna promesa oculta en una sonrisa disimulada. Pero tampoco le va bien en ello. Siente que no lo ven y que camina y camina en vano. Así que ya casi nunca sale. Lo que normalmente hace es dormir todo el día. No recuerda sus sueños. A veces, como hoy, despierta con la urgencia de escribir. Siente, como hoy hace un rato sintió, que ahora sí tiene la idea de su gran opera prima. Ahora sí podrá cerrarles la boca a los colegas del paradero de la Alameda. Ellos no lo entienden. Se burlan de sus pretensiones de escritor. Tal vez nunca debió confesarles que él, en realidad, estaba en el lugar equivocado. Tal vez no debió dejarse llevar por ese ataque de angustia repentina que una noche lo llevó a gritarles en la cara que él no era como ellos. Que merecía algo más que ocupar sus manos en un volante y la palanca de cambios. Que sus manos estaban hechas para escribir. “El huevón intelectual” le dicen. “El García Márquez al pedo” ahora se mofan. Abre los ojos. Sacude su cabeza para espantar este recuerdo, que no le sirve. Mira la hoja en blanco que a su vez lo mira a él, vacía, muda, sin ideas. 

                                                                               IV

     Su mano izquierda, la brusca, tironea el papel con fuerza, se lo pasa a la derecha y ésta lo recibe y lo arruga, lentamente, hasta convertirla en una esfera compacta. La arroja a un papelero a los pies del escritorio. No le apunta. La bola de papel choca en el borde de la boca del canasto y no encuentra lugar entre las otras bolas de papel arrugado que descansan en su interior; en vez de eso cae junto a las que cubren el suelo a su alrededor. La mano izquierda aparta, rudamente según su estilo propio, la máquina de escribir. La antigua Underwood que encontró tirada junto a unas bolsas de basura y que trajo a su pieza, su casa. No tiene ganas de comer nada esta vez. Tampoco tiene ganas de lavarse la cara, para qué. Los pasajeros le miran, si es que alguna vez le miran, sólo la nuca. Así que se levanta, la mano derecha toma la billetera que contiene sus documentos y el parte por detenerse en lugar prohibido que tiene que pasarle a su patrón para que se lo descuente de la plata de la semana, y la guarda en uno de los bolsillos traseros. La mano izquierda levanta el pestillo de la puerta y la abre para dejarle pasar. Está helada la noche. La mano derecha busca, encuentra y acciona el interruptor de la luz. Luego la mano izquierda cierra nuevamente la puerta mientras la derecha, en uno de sus bolsillos, busca, encuentra y utiliza la llave para asegurar la cerradura. La devuelve al bolsillo. Mira hacia el cielo. No hay luna ni estrellas. Cierra los ojos. Ve algo así como una hoja blanca vacía así que los abre inmediatamente. Echa a caminar en la noche. Con los dedos a modo de peineta la mano izquierda le arregla un poco el pelo. Luego, disimulando el gesto, le enjuga las lágrimas que comienzan a empaparle el bigote.


                                                                                H.O.M. Santiago, febrero de 2005.






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