jueves, 25 de abril de 2013

Aniversario.








     Éste era, sin duda, el mejor día de la semana: el viernes, su viernes. Todo lo demás giraba en torno a esta ocasión: vivía en función de éste que era el que le daba sentido a todos los demás días, semanas y últimos meses de su, desde entonces, bendecida vida, desde que ella llegara a su pequeño mundo. Doce meses ya, que se cumplían justamente hoy, viernes.

Sí, estaban de aniversario. A pesar de la incredulidad de sus amigos; del sarcasmo, incluso, de algunos de ellos cuando, orgulloso como niño con terno nuevo, les contara que estaba viéndose regularmente con una hermosa y distinguida mujer; a pesar de los oscuros presagios de los pesimistas y de los malos deseos de los envidiosos, ella y él habían sido constantes en su relación (fieles, prefería pensar) y el tiempo había ido pasando viernes tras viernes, su día fijo, semana tras semana, mes tras mes, hasta llegar finalmente a esta fecha que tan importante es en toda pareja: el primer aniversario.

A medida que había ido avanzando el día, el nudo que sentía en el estómago se tornaba cada vez más y más intenso, según se arrastraban las horas. Consultó el reloj de la iglesia por centésima vez y le pareció que no había avanzado ni un poco siquiera desde la última vez que lo interrogó, cinco minutos atrás. ¿Se habría echado a perder con las últimas lluvias? ¿O sería que había llegado demasiado adelantado a la cita? Normalmente se encontraban a las siete y treinta, a la salida de misa. Cada viernes a las siete y treinta desde hace ¡un año! (quién lo diría) sin faltar a ninguna cita. Un año desde ese primer viernes en que la siguió por cuadras y cuadras hasta desembocar en la plazoleta frente a la iglesia, en donde establecieron su íntimo lugar de encuentro. Ni una sola vez había fallado él, ni siquiera en invierno, cuando el asma crónica le recrudecía a tal punto que el morado de sus labios era un rasgo permanente y, a fuerza de recurrencia, más motivo de risa que de preocupación entre sus amigos.

Prefería esperarla afuera, en la calle. Nunca se sintió cómodo dentro de una iglesia y tampoco quería importunarla en sus pensamientos, en sus oraciones. Por eso, a pesar de que muchas veces la veía pasar camino a misa, se mantenía a distancia para contemplarla desde lejos admirando su hermosura y su gracioso andar.

Decidió dar una vuelta por el barrio para alivianar la espera. Caminó varias cuadras y frente a la vidriera de una florería los hermosos y coloridos arreglos le hicieron sopesar la idea de comprar uno para la ocasión. Revisó sus bolsillos a pesar de que sabía el resultado y no se equivocó: esa opción estaba absolutamente fuera de sus posibilidades. Pero su semblante se iluminó al comprobar que sí podría ser una rosa, una sola, y se dirigió al mostrador con el corazón dando saltos de alegría. La escogió roja, de pasión, y pidió que la envolvieran en un vistoso papel de celofán decorado con una cinta blanca. La dependienta se la entregó con una sonrisa picarona y un guiño de ojos que le hizo sonrojar. Abandonó la florería con la roja flor en su mano y en su rostro una sonrisa de oreja a oreja, pura felicidad desbordándole el pecho, anticipando el momento en que ella la recibiera con un brillo de profunda emoción en la mirada. Sí, señor, se sentía feliz, el hombre más feliz del mundo.
Se apresuró a cruzar la calle, pues los primeros feligreses abandonaban ya el recinto y no quería llegar atrasado a su cita. Se apostó en el lugar de siempre a la espera de verla aparecer entre la muchedumbre que se agolpaba a las puertas de la iglesia, intercambiando apretones de mano, sonrisas y abrazos. Se notó más nervioso que en otros encuentros, pero lo atribuyó a la importancia de la ocasión: mal que mal era su primer aniversario.
Apenas pudo mantener la compostura cuando, por fin, la vio aparecer. No quería que se notara su ansiedad, no es bien visto eso en un hombre que se precie de tal, así que adoptó un aire casual y mundano, esperando a que ella se acercara mientras ocultaba la rosa tras su espalda. La vio acercarse poco a poco, caminando resuelta a su encuentro, y sus ojos ya se posaban en él al tiempo que una tímida sonrisa asomaba en su bello rostro.
Ya casi estaba por llegar a su lado. La miró a su vez, sus ojos llenitos de amor y de ilusión por ella, por el momento, por lo que estaba a punto de suceder entre los dos. Esperó un segundo más hasta que ella estuvo efectivamente frente a él y entonces, con un gesto de prestidigitador, hizo aparecer la rosa desde detrás de su cuerpo y se la ofreció con su mejor sonrisa, al tiempo que le susurraba “feliz aniversario”.
La tomó de sorpresa y fue evidente su turbación, porque se notó el desconcierto en sus ojos –él, por supuesto, lo interpretó como un gesto de emoción- y porque ella, por primera vez desde que se encontraban, no le apuntó bien al tarrito depositado a sus pies y las dos monedas de la limosna acostumbrada, que ella religiosamente le daba cada viernes al salir de misa, rodaron por la vereda hasta perderse bajo las pisadas de los transeúntes que, al pasar, miraban divertidos la escena.


                                                                                       H.O.M. Santiago, junio de 2011.

   

                                                                        

miércoles, 24 de abril de 2013

Premio Nobel.


 


                                                                                 I

     Se sienta frente a la máquina de escribir. Con su mano derecha pone una hoja en blanco en el rodillo, con la izquierda levanta la pequeña palanca a un costado del aparato, la que regula la presión del papel, y con la derecha centra la esquela. Baja la palanca. Con la misma mano acciona la perilla que gira el rodillo y ubica la hoja a una altura adecuada para que las primeras letras se impriman al principio de la página, dejando la sangría adecuada. Es la primera hoja del primer capítulo de la primera gran novela que desde siempre ha querido escribir. La que lo rescatará del anonimato, la que dará sentido a la vida insulsa que sabe está llevando desde siempre, desde que salió de la secundaria, desde que deambuló por distintas carreras universitarias sin saber, sin ninguna certeza, sin ninguna inspiración, sin ninguna leve pista siquiera, qué crestas iba a hacer con su vida. Mira la hoja en blanco y apoya sus manos sobre las rodillas. Mira la hoja en blanco y suspira. Levanta la mano izquierda, mueve nuevamente la pequeña palanca, levanta ahora la mano derecha y vuelve a centrar la hoja. Quiere que todo sea perfecto. Es su primera gran obra. Quiere que la hoja guarde una misma distancia, a su derecha y a su izquierda, con relación al ancho del rodillo. Calcula al ojo los milímetros, mueve el papel un poco a la izquierda pero se pasa. Lo devuelve, lo acomoda, retira la mano derecha. Compara los extremos libres de papel del rodillo. Levanta nuevamente la mano derecha y hace un último ajuste. Se da por satisfecho. Con su mano izquierda vuelve la palanca de presión a su lugar y, ahora sí, apoya algunos dedos, de ambas manos, sobre el teclado. Mira el papel vacío. Pestañea. Vuelve a pestañear y retira los dedos. Retira las manos de la máquina ahora y las deposita nuevamente sobre sus rodillas. Mira la hoja en blanco.

                                                                                II

     Estira la mano derecha y alcanza una cajetilla de cigarrillos. Mira la marca. Es la misma que, en televisión, cada quince minutos y por treinta segundos cada vez, diferencia a los triunfadores del resto, de los demás, de los de más. Hace dos semanas que cambió sus king size de siempre por ésta otra. No ha notado, a su pesar, cambio alguno en su rutina, pero insiste en fumarlos aún cuando le raspan la garganta y le magullan el presupuesto. Busca inspiración en el alquitrán de los que saben vivir y con la mano izquierda se lleva un cigarrillo a los labios. La derecha vuelve la cajetilla a su lugar y entre ambas manipulan una caja de fósforos que estaba por ahí y logran inflamar una cerilla que prestamente enciende el cilindro de papel que cuelga de sus labios. La pequeña caja desaparece de escena, probablemente llevada por una de sus manos a algún lugar de la superficie del escritorio, pero él no se da cuenta. No está pendiente de este pequeño gesto. Su atención se concentra en las argollas de humo que produce su boca. No aparece la rubia del comercial, la que ensarta con su lengua las argollas que salen de los labios del rubio modelo triunfador. Ése que sí sabe vivir, por algo fuma esos cigarrillos y no otros. Insiste con dos o tres argollas más pero nada sucede. Su mano izquierda, un tanto bruscamente quizás, arranca de sus comisuras el cigarrillo a medio consumir y lo restriega, ahora sí con rudeza, en el cenicero lleno de colillas y ceniza que está junto a la máquina de escribir. Vuelve los ojos al papel, aún vacío, y los cierra. Sus manos se posan en el escritorio, con las teclas al alcance de sus dedos desconcertados. Aprieta con fuerza los ojos hurgando en sus pensamientos, en sus recuerdos, en sus propias experiencias de vida buscando la fuente de las primeras letras de las primeras palabras de las primeras frases de los primeros párrafos de los primeros capítulos de la primera gran novela que será su primer gran triunfo literario que cambiará para siempre su vida. No encuentra ninguna. Abre los ojos. Mira la hoja en blanco. Sus manos descienden sobre sus rodillas. Pestañea. Mira fijamente la página vacía. Pestañea una vez más. Mira la hoja. Vuelve a pestañear.

                                                                               III

     Aparta la mirada del papel y la dirige hacia la esfera de su reloj pulsera que en un ademán reflejo su mano izquierda, elevándose a la altura adecuada, ha puesto al alcance de sus ojos. Toma nota de la hora: le quedan cinco minutos. Cierra los ojos. En poco tiempo más deberá levantarse para comer algo, asearse un poco, salir a la calle, dirigirse a la casa de su patrón y recibir las llaves del taxi que maneja cada noche desde que recién oscurece hasta poco antes del amanecer. Sólo en la noche. En el día no. En el día hace otra cosa. Normalmente duerme. Aunque a veces camina por ahí. A veces se atreve a acercarse al barrio alto, a la casa en donde viven sus hijos con su madre verdadera y su padre postizo. Mira desde lejos, esperando vanamente ver asomarse a la Nancita o a Joelito, pero nunca tiene suerte. Nunca aparecen. Por eso ya casi nunca va. Por eso la mayoría de las veces prefiere deambular por el centro, buscando alguna mirada que coincida con la suya, alguna promesa oculta en una sonrisa disimulada. Pero tampoco le va bien en ello. Siente que no lo ven y que camina y camina en vano. Así que ya casi nunca sale. Lo que normalmente hace es dormir todo el día. No recuerda sus sueños. A veces, como hoy, despierta con la urgencia de escribir. Siente, como hoy hace un rato sintió, que ahora sí tiene la idea de su gran opera prima. Ahora sí podrá cerrarles la boca a los colegas del paradero de la Alameda. Ellos no lo entienden. Se burlan de sus pretensiones de escritor. Tal vez nunca debió confesarles que él, en realidad, estaba en el lugar equivocado. Tal vez no debió dejarse llevar por ese ataque de angustia repentina que una noche lo llevó a gritarles en la cara que él no era como ellos. Que merecía algo más que ocupar sus manos en un volante y la palanca de cambios. Que sus manos estaban hechas para escribir. “El huevón intelectual” le dicen. “El García Márquez al pedo” ahora se mofan. Abre los ojos. Sacude su cabeza para espantar este recuerdo, que no le sirve. Mira la hoja en blanco que a su vez lo mira a él, vacía, muda, sin ideas. 

                                                                               IV

     Su mano izquierda, la brusca, tironea el papel con fuerza, se lo pasa a la derecha y ésta lo recibe y lo arruga, lentamente, hasta convertirla en una esfera compacta. La arroja a un papelero a los pies del escritorio. No le apunta. La bola de papel choca en el borde de la boca del canasto y no encuentra lugar entre las otras bolas de papel arrugado que descansan en su interior; en vez de eso cae junto a las que cubren el suelo a su alrededor. La mano izquierda aparta, rudamente según su estilo propio, la máquina de escribir. La antigua Underwood que encontró tirada junto a unas bolsas de basura y que trajo a su pieza, su casa. No tiene ganas de comer nada esta vez. Tampoco tiene ganas de lavarse la cara, para qué. Los pasajeros le miran, si es que alguna vez le miran, sólo la nuca. Así que se levanta, la mano derecha toma la billetera que contiene sus documentos y el parte por detenerse en lugar prohibido que tiene que pasarle a su patrón para que se lo descuente de la plata de la semana, y la guarda en uno de los bolsillos traseros. La mano izquierda levanta el pestillo de la puerta y la abre para dejarle pasar. Está helada la noche. La mano derecha busca, encuentra y acciona el interruptor de la luz. Luego la mano izquierda cierra nuevamente la puerta mientras la derecha, en uno de sus bolsillos, busca, encuentra y utiliza la llave para asegurar la cerradura. La devuelve al bolsillo. Mira hacia el cielo. No hay luna ni estrellas. Cierra los ojos. Ve algo así como una hoja blanca vacía así que los abre inmediatamente. Echa a caminar en la noche. Con los dedos a modo de peineta la mano izquierda le arregla un poco el pelo. Luego, disimulando el gesto, le enjuga las lágrimas que comienzan a empaparle el bigote.


                                                                                H.O.M. Santiago, febrero de 2005.






martes, 23 de abril de 2013

Única solución... ¡revolución!




Me lo cruzaba casi siempre en las misma esquina, a distintas horas, diferentes días, pero de algún modo se las ingeniaba ¿o lo hacía yo? para que nos topáramos al menos un par de veces en la semana. Sabía que lo conocía de algún lado. Lo sabía él también. Se nos notaba a ambos cierta intriga en la expresión de la cara, un dónde crestas lo he visto en la levantada de cejas acostumbrada, en la suerte de sonrisa estúpida y a la rápida que nos brindábamos al pasar. Porque nuestros saludos no pasaban de eso y no alcanzaba para más tampoco: él desaparecía raudo, siempre montado en su vieja bicicleta con caries en los rayos, esquivando peatones y automóviles con una prestancia que ya se la querría cualquier carterista del Paseo Ahumada. Medio hippón, con su larga barba rulienta y entrecana, su entrada triunfal en la frente que ya pintaba para calva y esos ojos saltones que parecían mirar siempre más allá de uno. No podía acordarme de dónde: ¿la universidad?, ¿el partido?, ¿el calabozo? Algo por ahí.
Al fin me decidí a pararlo un día y derechamente preguntarle: oiga, compadre ¿de dónde crestas nos conocemos? Esperaba que él sí se acordara. O tal vez entre ambos pudiéramos hacer memoria común y dilucidar la incógnita. Tal vez nos demoraríamos conversando un rato, olvidando las tareas pendientes del momento. Tal vez caminaríamos juntos y terminaríamos en algún boliche del sector, tomándonos una cerveza y recordando -ya ubicados, ya reconocidos- amigos comunes, lugares comunes, historias comunes, sueños comunes, fracasos comunes. Tal vez nos emborracharíamos juntos brindando por lo que no pudo ser a pesar de tanto empeño que le pusimos, ¿no, ¡hic!, compañero? (¿Le puse?).
En una de ésas me contará que él aún sigue en ese empeño con el mismo empeño de antaño, que día tras día despierta con la utopía aún viva latiéndole en el pecho, que se niega a “aggiornarse” como muchos lo hiciéramos, con tanto entusiasmo, tan poca gracia y mucho menos vergüenza. Que aún cree en eso de que es posible un mundo mejor, que “hay hombres que luchan un año y son buenos…” y todo eso que alguna vez tuvo tanto significado para mí y para tantos como yo en ese entonces.
Capaz que su entusiasmo me contagie un poco y en una de ésas hará que me contemple en el empañado espejo de mi propia renuncia, de mi empalagosa comodidad a punta de cuotas mensuales y pastillas antiácido, y me hará cuestionar el cómo vivo ahora, cómo aguanto este trabajo de mierda que me tiene hasta las masas pero que no me atrevo a dejar ni cagando porque la Visa manda; cómo soporto al jefe negrero que ha convertido en su razón de vivir el hacerme la vida imposible, puntualmente, de ocho a diecinueve, de lunes a viernes y sin fallar un maldito día; y cómo a la mujer agria y rezongona que me espera en casa y a la que cada vez reconozco menos, que aguarda a que llegue cada tarde para terminar de arruinarme el día mientras se deja engordar con una dedicación digna de causas más nobles; a los críos insaciables y abusadores que cada vez me cuesta más aceptar que los haya engendrado yo, a la talonera interminable de los pagos del auto que ya tengo todo abollado y sin plata para pasar la revisión técnica. Capaz que en la comparación de lo que fui antes con lo que pretendo ser ahora me den, por fin, ganas y fuerzas de mandar a la chucha este remedo de vida que llevo, que sorteo a punta de ron colas y Diazepam. Capaz que recupere también la capacidad y las ganas de soñar, la dig-ni-dad, mierda, capaz que en una de ésas, en una de ésas…
Hoy al mediodía volví a toparme con el pelado de la bicicleta.
Le dí vuelta la cara. 


                                                                                 H.O.M. Las Cruces, abril de 2008. 

Caída Libre.








    Se asomó al borde de la terraza y vio todo tan chiquitito que no pudo evitar que una lágrima de ternura le resbalara por la garganta. Una tarde bastante fría y nublada le había bajado el ánimo a tal punto que no le costó mucho decidirse a saltar. A la altura del noveno piso pensaba en lo tristes que estarían sus críos, esa noche, cuando lo vieran todo despaturrado en el noticiario de las 10. En el séptimo un pájaro que se cruzó en su camino le hizo el quite y se quedó mirándole mientras caía, extrañado tal vez de no verle aletear. Cuando pasaba ya el quinto se abrieron las nubes y un rayo de sol incendió los vidrios de los edificios circundantes, iluminando la tarde con un destello majestuoso. Pensó que nunca había visto tan lindo a Santiago en invierno así que, al llegar al segundo piso, golpeó en el ventanal y, cuando le abrieron, pidió permiso, atravesó el comedor y el living de la perpleja familia, abrió la puerta de calle y se alejó silbando en dirección al paradero más cercano.


                                                                                       H.O.M. Santiago, junio de 2010.