jueves, 2 de mayo de 2019

Satisfaction.




Satisfaction. 


"I can't get no (¡tu, tu, tu, tun!) satisfaction (¡tu, tu, tu, tun!) I can't get no..." ¡No habría nunca mejor canción que ésa! pensaba, mientras atravesaba presuroso la Plaza del Hoyo. Sus acordes me llegaban nítidos desde la casa de la Javi, ahí cerquita, donde celebraríamos la fiesta de sus 17. Antes de entrar di una última mirada a mis pata de elefante y me sentí picho caluga, el rey de la noche en que por fin le pediría pololeo. No eran marca Fontana, como los del plomo del Ibáñez, comprados en la tienda oficial de Providencia, pero estos me los había hecho yo y eran todavía más anchos. Había cortado los jeans favoritos de mi hermana y estado toda la tarde con la máquina de coser de mi mamá, escondido en mi pieza, hasta que me quedaron flor. No me podían fallar. Cuando hice mi entrada triunfal, lo primero que vi fue a la Javi y al Ibáñez abrazados en un sofá; ella con su cara de estúpida le acariciaba los Fontana nuevecitos. Estuve hasta las doce descosiendo mis pantalones para luego tratar de arreglar los de mi hermana. Desde esa noche me cargan los Rollings.


                                                                                           H. O. M.
                                                                           Santiago, diciembre de 2018.  

Ana (y Manuel).




Ana (y Manuel).



Un revoloteo de alas lo saca del ensimismamiento y lo devuelve a la verde realidad de la tupida arboleda de la plaza. Una paloma, encaramada sobre su rodilla derecha, picotea las pocas migas que aún quedan en su palma extendida, con un ojo puesto en la tentadora comida y el otro en la mano libre del hombre, temerosa de que un sorpresivo y alevoso zarpazo le corte para siempre el aliento. A sus pies, una expectante congregación de aves aguarda ansiosa a que se renueve la lluvia de migajas que día tras día, sin faltar ni uno solo, el anciano les provee al promediar la hora de once.

Se había quedado pegado en las risas de los niños que, unos metros más allá, se persiguen subiendo y bajando de los multicolores columpios y resbalines de los juegos, en la soleada tarde de otoño. ¿Tendrán seis, siete años, tal vez? Más o menos los mismos que tienen sus nietecitos, Andreíta y Sebita, de Manuel José, su hijo mayor, y Carlita y Niquito, de Ana Luisa, la menor. ¡Tanto tiempo que no los ve! A ninguno de ellos, nietos e hijos. Habían quedado de venir para la Navidad pero problemas de última hora les habían impedido concretar la visita. Él entiende. Santiago es muy grande y no es fácil, con los niños a cuestas, atravesarlo desde el barrio alto hasta la humilde casa paterna, a pesar de que Ana le hace ver que, con los tremendos autos que tienen, igual podrían hacer el esfuerzo. Es que ella no entiende. Los regalos para los niños, con sus cintas y tarjetitas, quedaron a los pies del pino de plástico que, meses después de pasadas las fiestas, aún permanece con sus luces y adornos en la sala. Ana le insiste todos los días en que lo guarde, que ya no son fechas para tener armado el árbol de Pascua, pero él lo mantiene en su lugar y lo enciende de vez en cuando, imaginando las caritas de los niños abriendo sus paquetes. “Manuel, los niños ya no van a venir, guarda ese árbol. Los regalos servirán para la próxima Navidad, si los hijos pueden traerlos” puncetea su mujer. Es que ella no entiende. Pero él sí.

Espanta suavemente a la paloma de sus piernas, se sacude de las manos los últimos mendrugos con un escándalo de carreras cortitas y aletazos a su alrededor, se yergue trabajosamente del escaño de madera, coge su bastón y, arrastrando un poco los pies y cojeando de forma notoria, emprende el camino a casa. Antes parará en el boliche de la Jovita para comprar un par de cosas para la comida.

— ¿Ya se va, don Manuel?— lo saludan a la pasada.
— Sí, señora Rosa, ya se está poniendo frío y empieza a dolerme la rodilla. Además tengo que llevarle la cena a la patrona— responde él, jovial, deteniéndose y tocándose el ala del sombrero
— Aaaahhhh. ¿Y… cómo está la señora Anita?
— Bien, la vieja. Rezongona como siempre, pero firme como un roble. Que tenga una buena tarde, señora Rosita, hasta mañana— se despide, encaminándose al negocio de la esquina.
— Hasta mañana, don Manuel. Cariños a su señora— menea con pena la cabeza la señora Rosa, siguiéndolo con la vista mientras se aleja.

Mira a un lado y otro de la calle, aun cuando el semáforo está en verde y los vehículos detenidos desde hace largos instantes, y cruza abandonando la plaza por el paso de peatones. 
A medio camino cambia la luz, pero los conductores esperan pacientemente que llegue a la vereda antes de reemprender la marcha. Algo de respeto inspiran el bastón, las canas y las arrugas que luce su rostro.

— ¡Cómo está este bandido! Cada vez más grande tú, oye, parece que te alimentan con puro Alimento Meyer— irrumpe en el local don Manuel. —Buenas tardes, Jovita, que está grande y encachado su chiquillo, por Dios, cómo ha crecido.
— ¿Cómo está usted, don Manolito? Pero si lo vio ayer, no más, está igualito el Pedro.
— Es que crecen tan rápido estos cabros ahora. Juraría que hoy mide unos cinco centímetros más.— insiste el anciano, acariciando al pasar la cabeza del muchachito que ayuda a su madre en las tareas del emporio.
— Bueno, puede ser, con todo lo que come. Parece sabañón.— concede ella, conciliadora —¿Qué va a llevar, don Manolito?
— ¿Tiene algún recado para mí, Jovita?— pregunta él con fingida indiferencia.
— Pedro, ¿ha llamado alguien al caballero hoy día?
— No, mamá, nadie.
— Pucha, no, don Manuel, ningún recado para usted,
— Bueno, no importa, para otra vez será. Deme un par de bolsitas de té, pero del bueno, no de ése que me dio ayer, que no tiñe nada. Dos torrejas de mortadela y dos hallullitas. Una para mí y la otra para la bruja.
— ¿Para la señora Anita?
— ¿Y qué otra bruja va a ser? Es la única que tengo.— se ríe un tanto forzado él, mientras cuenta las monedas que deja en el mesón. —Y ahora me voy corriendo porque me van a retar por llegar tan tarde. Hasta luego, Jovita. ¡Chao, campeón!
— Hasta luego, don Manuel, no corra mucho que se puede caer de nuevo.— se despide la almacenera, mirándolo mientras él se aleja camino a su casa. —Que me da pena este caballero, con lo bueno que es.
— ¿Pena por qué, mamá?
— Termina de ordenar las verduras. Después te cuento.

Don Manuel camina lenta, cuidadosamente, por la accidentada vereda que conduce a su hogar. Las roturas en el pavimento son permanente motivo de cuidado para el encorvado anciano, desde la caída que sufriera tiempo atrás y que le costó, aparte de un prolongado período de convalecencia, tener que depender para siempre del bastón en sus traslados por la vida. Cada vez que sus pensamientos vuelven a esos días, su ánimo se nubla. Y no sólo por el recuerdo del dolor que le produjo la fea fractura de rodilla, sino también por el desgarro sufrido en su corazón. Durante los largos meses en que estuvo confinado en su vivienda ni Ana Luisa ni Manuel José vinieron a acompañarlo. Un llamado de tarde en tarde –aún tenían teléfono en la casa en ese entonces-, promesas de prontas visitas y las consabidas disculpas en la siguiente incómoda y breve llamada fueron todo lo que recibió de ellos. Pero los cuidados de sus vecinos, preocupados de que no le faltara nada, y el constante apoyo de Anita hicieron más llevaderos esos aciagos días de padecimiento. Sus hijos no pudieron venir. El trabajo, la distancia, las obligaciones, los niños… En fin, dolió, pero él entiende.


La tarde está por fugarse cuando la puerta de calle se abre revelando el sencillo mobiliario que adorna la pequeña vivienda. El anciano entra con cuidado, enciende una luz, cuelga el sombrero en la percha y va a la cocina a preparar la frugal cena para dos.

— ¡Anita, llegué! ¿Estás en la sala?
— Sí, mi amor, donde siempre. ¿Cómo te fue?— la suave y cariñosa voz de su esposa le llega desde el interior.
— Bien, mi vida. Les di el pancito que dejaste ayer a las palomas y compré algunas cosas ricas para la comida. La señora Rosa y la Jovita te mandaron saludos.
— Qué amables. Mañana se los correspondes, ¿ya? Diles que siempre me acuerdo de ellas.
— Ya, mi amorcito. Voy a preparar la comida. ¿Prefieres té solo o con un poco de leche?
— No tengo hambre, corazón, guarda mi pan para mañana y se lo das a las palomas.
— Pucha, amor, nunca comes nada.

La tetera lanza su pitido sobre el anafe a parafina y don Manuel lo apaga, vierte un poco de agua hirviendo sobre la bolsa de té que ha colocado en su tazón y con una hallulla y la mortadela se sienta en la mesa de la cocina. Come lentamente. El líquido caliente le entibia el cuerpo y lo pone de mejor ánimo.

— La Jovita me tenía un recado de la Anita Luisa.— comenta hacia la sala. —No la llamé de vuelta porque no llevé plata para el teléfono y no me gusta quedar debiendo. Dice la Anita que la próxima semana viene con los niños. 
— Ah, qué bueno, mi amor.
— Voy a encender el árbol un ratito para asegurarme de que las luces funcionan bien.
— ¡Pero, Manueeeel…!
— Un ratito, no más. Lo apago al tiro.

Anita, sentada en su mecedora, lo sigue con la mirada cuando su marido cruza frente a ella camino al rincón de la sala en donde está el pino navideño. De reojo, él se cerciora de que no esté molesta y no, ella le sonríe cuando lo ve pasar. Anita siempre sonríe. Activa el interruptor y la oscura sala se ilumina con los rayos multicolores de las luces navideñas. Él está feliz. Imagina el arbolito rodeado de niños expectantes por recibir sus regalos. Los ve abrazándolo agradecidos, llamándolos Tata a él y Lela a la Anita, que sonríe mirándolos dichosa también. Alumbrados por el resplandor del árbol, pasan el resto de la tarde conversando animadamente, hacen planes de comprar algunos pasteles y jugos para cuando vengan los nietos, coinciden en lo mucho que se parecen a sus hijos a esa edad, se ríen recordando algunas de sus maldades. Transcurre una linda velada hasta que Ana le recuerda a su marido que ya es hora de descansar, que apague las luces y vayan a la cama.

Don Manuel desenchufa el cable, se levanta, se dirige al dormitorio a encender la veladora. Luego vuelve a la cocina, apaga la luz y va a la sala donde levanta a su esposa con mucho cuidado, la conduce a la pieza y la deposita suave, amorosamente sobre el lecho, acomodando la almohada para que se sienta cómoda.
En el minúsculo baño realiza su ritual de aseo nocturno acostumbrado, se desviste con alguna dificultad, se pone el pijama y, con un suspiro de agrado, se introduce bajo las frazadas. Se inclina hacia su mujer, la mira unos instantes con adoración y le da un suave y tierno beso en los labios. Su aliento empaña por unos instantes el cristal del retrato en el que su Ana, sentada en su silla favorita, lo mira sonriendo amorosamente, como cada noche, como cada mañana, como cada tarde, desde hacen ya siete años, cuatro meses y unos cuantos días. 

— Buenas noches, mi vida, que duermas bien.
— Hasta mañana, mi cielo, que tengas lindos sueños— le responde ella con un susurro.

Con un chasquido del interruptor la habitación queda en penumbras.


                                                                                                 H. O. M.
                                                                                 Santiago, agosto de 2017.



miércoles, 1 de mayo de 2019

Coincidencias y malos entendidos.


Coincidencias y malos entendidos.



Un largo y agotador día, sin duda, pero Eduardo Gracia sonríe aliviado: el minutero del reloj control se afana ya en las últimas tres barritas que son los últimos tres barrotes que lo separan de la diaria libertad after hour. Disimuladamente, para que nadie repare en su premura por partir —le costaría una andanada de arteras pullas de parte de sus compañeros y una condenadora levantada de cejas de su jefe— Eduardo Gracia comienza a ordenar su escritorio y a guardar la papelería para archivar el día siguiente en sus correspondientes cajones. Junto a su maletín, en el piso, reposa la bolsa plástica de la Librería Nacional con los útiles de dibujo que Camila, Camilita, su chiche, le pidió como regalo de cumpleaños, y que Eduardo adquirió concienzudamente en la Librería Nacional sacrificando íntegra su, de por sí, escasa hora de almuerzo. Lo de hora es un eufemismo, cuando anda con ataque de buena voluntad el jefe les concede treinta minutos, pero pareciera que hace tiempo ya se vacunó. Pero aun así Gracia cumplió su cometido feliz porque hoy es el día exacto del onomástico de su tesoro. Cayó en viernes este año, por lo que al día siguiente se celebrará con la familia; los primos, tíos y abuelos que llegarán ansiosos y voraces como langostas en manda y que, después de interminables horas del suplicio de interminables conversaciones interminablemente insulsas se irán, como siempre, insatisfechos y pelando por cada detalle que no calce con sus ideas de cómo debe vivirse la vida, la propia y sobre todo la ajena, dejando el salón, jardín, baños y cocina en un lamentable estado de tierra arrasada. Año tras año. Pero hoy… hoy no; hoy es la celebración íntima de ellos, su esposa Silvita, su hija Camilita y él, el rey de la casa.
¡Las siete, por fin! Hoy el sádico reloj-control se demoró más que otras veces, con su cansino paso de anciano senescente, que ojalá repitiese en las mañanas en el acuse de la hora de entrada. No, ahí sí que avanza ágil, gracioso y veloz, como una colombina alegre y feliz. Y sádica, por cierto, como disfrutando cada minuto que le roba a su tarjeta de entrada, cada peso que le merma a su raquítico cheque de fin de mes.
Pero ya está afuera, eso es lo que importa. Todo lo demás es secundario, todo lo demás —el reloj, el sueldo, los imbéciles de sus compañeros, el pelotudo del jefe— puede esperar hasta mañana de nuevo. Lo que importa ahora es apurar el paso para llegar cuanto antes a casa, a soplar las velitas y cantarle el japibersdei a la Camilita. Cinco años cumple hoy su tesoro, su preciosura, y tan linda ella. No le pidió un celular, ni una Barbie, ni una tablet… le pidió simplemente ¡un block grande, papá, y hartos lápices rojos de todos los colores! Linda ella, qué criatura más consciente y adorable. Se ríe solo de puro contento.

Cruza raudo, en dirección al norte, el Parque Forestal, dejando atrás la oficina, sorteando a los rabiosos ciclistas y las furtivas parejas que se han puesto de acuerdo para ponerse por delante y entorpecerle el paso, para demorarlo aún más en su camino de vuelta a casa. Pero no le importa, la idea de ver la carita de felicidad de su nena al abrir la bolsa de regalo se superpone a la luz de los semáforos en rojo y al agua que salpican los automóviles que desvían a propósito su camino para pasar sobre los charcos en las cunetas y empapar de pies a cabeza a los desprevenidos peatones como él. Ha llovido sobre Santiago y las calles brillan a la luz de los faroles.
Llega al último semáforo carmesí —el color preferido de Camilita, es el que más ocupa así que le lleva hartos lápices en ese tono— y se detiene a esperar la luz de paso. Su pecho está henchido como globo de cumpleaños de contento, siente ganas de sonreírle a todo el mundo y contarle lo feliz, lo orgulloso, lo dichoso que lo hace ese portento de hija que tiene. Tarde llegó a su vida eso sí, no puede negarlo, su carnet indica que ya hace rato que superó la cincuentena. Su mujer, la Silvita, tanto más joven que él, un día cualquiera se quitó el dispositivo convencida de que ya no era necesario llevarlo y un par de meses después se volvió a convencer de que sí lo era.
La Silvita… esposa mejor que ella no podría siquiera imaginar, por mucho que se esforzase. Ejercicio que, por supuesto, no tiene el menor interés en realizar. Se siente feliz con su vida, con su familia, con lo que le tocó vivir. Cada cosa está donde tiene que estar y con eso le basta. Todo lo demás, secundario.
Mientras espera el cambio de luz un grupo de muchachas y muchachos de no más de quince o dieciséis años, se detiene a su lado. Por su vestimenta se ve que no vienen del colegio, sino que más bien se dirigen a algún carrete al barrio Bellavista. A alguna especie de previa tal vez, aunque es demasiado temprano aún, quizás qué motivo les trae por acá, pero da lo mismo, piensa, quién entiende a los jóvenes de hoy. Los de este grupo son bulliciosos y mal hablados y se sorprende y remece un poco con el calibre de los epítetos que se lanzan entre ellos, todo en medio de sonoras carcajadas y el humo de los cigarrillos que engullen como caramelos.
Al cambiar la luz del semáforo Eduardo Gracia y la muchachada, un solo pelotón, atraviesan la Costanera, enfilan por el puente Pio Nono y llegan a la otra esquina, en donde está la parada del bus que le sirve a él. Curiosamente, el grupo de adolescentes no sigue camino al barrio Bellavista, sino que se detiene en el mismo paradero, junto a Eduardo, al parecer también a la espera de algún microbús que les lleve a su destino.
A Gracia le incomoda un poco la situación. El lenguaje de los muchachos ha ascendido a un volumen escandaloso y descendido a niveles realmente groseros y no hay manera de que él deje de escucharlos. Sólo atina a mirar hacia otro lado, a los vehículos que pasan veloces en dirección al Oriente, a sus propios hogares en dónde, imagina él, otras Camilas y otras Silvitas esperan también ansiosas, como las suyas, la llegada del pater familias.

Ya ha oscurecido. Es Julio en Santiago, la noche cae temprano y todos los vehículos circulan con los focos encendidos. Eduardo estira el cuello por sobre el bullicioso tropel de jóvenes tratando de avizorar, entre el enjambre de luces, algún indicio de que se aproxima su bus, pero nada.
Para matar el tiempo revisa una vez más el contenido de la bolsa con los utensilios de dibujo que componen el regalo para Camila. Le enternece la vista de los lápices, rojos en gran proporción, que en las manitas pequeñas y tiernas de su hijita llenarán de asombrosas formas y mágicas tonalidades las hojas de ¡un block grande, papá, y hartos lápices rojos de todos los colores! Una lágrima de pura ternura amenaza con dejarse caer para mezclarse con las gotas de llovizna que humedecen su cara. Ha comenzado a garuar levemente.
Eduardo Gracia se sube las solapas de la chaqueta para cubrirse el cuello y lamenta no haberle hecho caso a Silvita cuando le sugirió que llevase un paraguas. Algún día tendrá que reconocer quién es la juiciosa de la familia. En eso nota que junto a él, muy próxima, casi tocándolo, empujándolo casi, dándole la espalda y absolutamente sumergida en el diálogo con sus amigos, se halla una jovencita de no más de quince años pero que, al parecer por la importancia que le dan sus compañeros, es la que lleva el pandero en el hiperventilado grupo. Es delgada, bajita, si no fuera por la provocativa vestimenta que lleva —falda muy corta, maquillaje en exceso, collares y pulseras que tintinean vivazmente al ritmo de su ampulosa gesticulación— pasaría por una inocente escolar como tantas de su edad. Su frondosa cabellera de un hermoso castaño claro le recuerda a la de Camila. Cada vez que gira la cabeza hacia un costado alcanza a verle la respingada naricilla, los ojos grandes y las largas pestañas que también se asemejan a las de su hija. Piensa que algún día su niñita será como ella. Así de grande y así de linda, pero eso sí, muy educadita, toda una princesita que jamás dirá malas palabras ni andará en malas compañías. Él se encargará de que eso no ocurra. Sin advertirlo, se ha quedado pegado en la contemplación de la hermosa chica, embobado en las comparaciones -y coincidencias- con su niñita. Tan ensimismado está en su evocación comparativa entre su hijita y la muchacha, que no se da cuenta de que ella ha reparado en sus miradas y le observa, a su vez, con cara de irritada interrogación. Eduardo Gracia cae por fin en cuenta de la situación y, sintiendo que el rubor le invade la cara, sólo atina a sonreírle, avergonzado y a la vez enternecido ante la visión futura de su Camila.

  ¿Qué mirai, viejo huevón?
El golpe lo vuelve a la realidad. No puede creer lo que escucha. Tomado completamente de sorpresa sólo alcanza a balbucear unas palabras de disculpa pero ya es demasiado tarde. Los acompañantes de la chica se han puesto en alerta y uno de ellos, en actitud muy agresiva, se para frente a él, mirándole directamente a los ojos al tiempo que se dirige a su amiga.
  ¿Qué onda, amiga? ¿Te está molestando este viejo rancio?
  Hace rato que cacho que el huevón está coqueteándome. Creerá que ando muy necesitada el asqueroso.
  ¿Qué te pasa con la mina, viejo de mierda? ¿Ah? ¿No veís que puede ser tu hija, pervertido culiao?
Eduardo Gracia enmudece, atónito, absolutamente desconcertado. No alcanza a asimilar bien lo que está pasando porque un fuerte empujón casi lo hace caer de espaldas, evitándolo a duras penas, afirmándose de mala manera en un poste de luz. Intenta articular alguna explicación cuando un primer puñetazo en el estómago lo deja sin aire. Despavorido, retrocede intentando recuperar el aliento, trastabilla, intenta sujetarse del tronco de un árbol pero ya cuatro o cinco muchachones se le van encima, a punta de combos, patadas y salivazos.
Desesperado, aterrorizado, clama por que lo dejen tranquilo, que todo fue un mal entendido, que él no tuvo intención de. Se cubre malamente la cabeza con su maletín y la bolsa que contiene el regalo para su Camila. Cuando advierte que la cosa va muy en serio y que los muchachones están realmente descontrolados, grita desesperadamente a los conductores de los autos que se han detenido en el semáforo implorándoles socorro. Desde la ventanilla del copiloto de uno de ellos, el más cercano, una señora grita que no le peguen, que va a llamar a los pacos y hace ademán de usar su celular. Algunos conductores, horrorizados con la golpiza, comienzan a tocar sus bocinas para espantar a los agresores. Pero algunas de las muchachas y muchachos del grupo se acercan a los vehículos y a gritos les explican que están castigando a un abusador de menores, que trató de aprovecharse de una niña inocente, que le metió la mano debajo del vestido, que tiene una cámara oculta en su maletín, que podría ser una hija de ellos. La mujer del auto deja el celular a un lado y, al momento de partir el vehículo, les grita con entusiasmo:
  ¡Entonces sáquenle la mierda a ese chuchesumadre!
Desde otro auto que también parte un señor de cierta edad saca medio cuerpo por la ventanilla al tiempo que aplaude solidario.
  ¡Bien, cabros, pa’ que aprenda ese asqueroso! ¡Denle duro, no más!
El choclón de autos se aleja y con ellos la débil esperanza de Eduardo Gracia de obtener alguna ayuda. Los pocos transeúntes que pasan miran de reojo y apuran el paso, desentendiéndose del suceso. Algunos de ellos, sin embargo, informados de lo que se trata por los portavoces de la pandilla, se detienen a gozar del espectáculo e incluso avivan a los muchachos y más de algún puntapié aportan a la paliza.
  ¡Tirémoslo al río!  exclama uno de ellos, más creativo.
Apenas consciente de que su única esperanza de liberarse es pasando al contraataque, Eduardo Gracia lanza algunas patadas y combos que escasamente llegan a destino y que sólo sirven para enardecer aún más a sus verdugos. El sabor de la sangre invade su garganta junto con dos o tres objetos pequeños que él intuye como algunos de sus dientes. Con el fin de poder acertarle mejor, uno de los muchachones le arranca de un tirón el maletín con que el agredido intenta amortiguar los golpes y trata de hacer lo mismo con la bolsa que contiene el regalo de cumpleaños de su hijita.
Gracia se aferra a él con ambas manos, intentando proteger su preciado tesoro.
  ¡Suelta, viejo culiao!— le espeta su agresor, al tiempo que da un feroz y definitivo tirón a la bolsa la que termina de romperse al tiempo que el block de dibujo y los lápices vuelan por el aire cayendo al suelo embarrado de llovizna.
— ¡Noooooooo!— grita Eduardo, despavorido.— ¡Los lápices no! ¡Los lápices no! ¡Camilaaaaaaaaa…!

Todo se inmoviliza. Las muchachas y muchachos y los espectadores quedan petrificados ante este aullido desgarrador, infrahumano. Desconcertados a su vez, los miembros de la pandilla dirigen interrogadoras miradas a la chica causante de los hechos.
  ¿Qué onda, Camila, te conoce? ¿Quién es este huevón? ¿De dónde sabe tu nombre? —se multiplican los murmullos al tiempo que ella emerge del grupo y se acerca al sollozante caído.
Entremedio de la sangre, las lágrimas y el barro que le cubren los ojos, Eduardo Gracia alcanza a reconocer la melena clara, las pestañas sedosas, la naricita respingada y los inmensos ojos que le observan con una mezcla de sorpresa, miedo e indignación y, tratando de incorporarse, estira sus brazos hacia ella. Los demás se han ido acercando poco a poco, formando un ruedo alrededor de la pareja. La chica recoge uno de los lápices del suelo, uno rojo, y lo mira, luego mira a Eduardo Gracia, sin entender nada. Él, a duras penas, ha logrado ponerse de rodillas y extiende sus brazos hacia ella.
  Camila, mi amor, mi tesoro, tus lápices…
  ¡Cállate, huevón, yo no te conozco y no tengo nada que ver con tus lápices!
  Amorcito mío, Camilita de mi alma, deme un beso, mi vida, su papito le trajo sus lápices.
  ¡Ahí tenís tu lápiz, viejo culiao asqueroso!— chilla con rabia la Camila grande.
¡Feliz cumpleaños, amorcito mío!— exclama Eduardo Gracia, lleno de ternura, al tanto que, entremedio de la sangre, las lágrimas y el barro que le cubren los ojos, alcanza a divisar el afilado lápiz, carmesí por supuesto, que atravesará uno de sus ojos, incrustándose en su cerebro y apagando su luz para siempre, mientras en alguna casa de la zona oriente de Santiago una pequeña niña de melena clara, naricita respingada y ojos grandes y su madre, impacientes, mirarán una y otra vez por una ventana a la calle mojada por la llovizna esperando ver aparecer, en cualquier momento, al jefe de familia que, cosa extraña y por primera vez desde que tienen memoria, demora tanto en llegar.



                                                                                                 H. O. M.
                                                                        Santiago de Chile, febrero de 2015.