sábado, 7 de mayo de 2016

Venezia Luna



El pequeño Vincenzo tironea insistentemente los faldones de la casaca de su padre. Quiere que lo alce en brazos y le permita, por fin, acercarse a la larga vara de metal en la que este hombre de espesas cejas y frondosa barba pasa, con un ojo pegado a ella, noches y noches hasta el amanecer, mirando, tomando notas y garabateando en su cuaderno abarrotado de infinitas hojas amarillentas, llenas de extraños dibujos suyos. Divertido, dejando a un lado pluma y papeles, lo alza y lo acerca a la rígida vara metálica al tiempo que le advierte "guarda, Vincenzo, guarda, vi assicuro che mai, mai nella tua vita hai visto qualcosa di simile". Con una mezcla de miedo y curiosidad el mocoso apoya cuidadosamente un ojo, cerrando el otro como tantas veces ha visto hacer a su padre, en el extremo inferior del extraño artilugio que asoma la otra punta por la ventana. Lo que ve le sobrecoge el corazón de tal manera que, sin saber si de pavor, si de maravilla, si de alegría, lágrimas y más lágrimas comienzan a brotar de su extasiada mirada de niño al tiempo que empañan la redonda ventanita de cristal del dorado tubo que apunta al cielo, por la que, por primera vez en sus tiernos cuatro años de vida, Vincenzo Galilei se asoma al portentoso milagro del Universo, en esa cálida e iluminada noche veneciana de 1610



No hay comentarios: