miércoles, 6 de diciembre de 2023

El amor en los tiempos del Covid.








20 días de cuarentena, sin poder verse, ya eran demasiados. Sólo sus celulares podían aminorar la zozobra diaria de la distancia obligada, y cada noche, una vez terminadas las tareas que les demandaban sus respectivos teletrabajos, ingresaban a su aplicación de mensajería favorita, y se enfrascaban en intercambios, cada vez más largos, de amorosos mensajes, cargados de ternura y de la desesperación del abrazo por tanto tiempo postergado.
Esta noche, en particular, llevaban largo rato chateando y ninguno quería ser el primero en cortar, ninguno de los dos quería que su pareja fuese a pensar que amaba menos. Pero ya era tarde, había que despedirse y ella le envió los emoticones de la carita con beso y él se los devolvió a su vez, como siempre, y se dispuso a ir al baño primero, y luego a la cama. No alcanzó a alejarse del teléfono porque llegaron otras tantas caritas a su pantalla. Ella insistía. Devolvió él más de las suyas nuevamente, pero muchos iconos de una vez. En cantidad aun mayor, de vuelta, casi desbordaron su aparato y él se sintió de alguna manera desafiado, por lo que, no queriendo dar su celular a torcer, llegó a hacer humear el teclado pulsando obsesivamente sobre la imagen de los besos tiernos. La respuesta fue todavía más contundente y también lo fueron los posteriores y sucesivos mensajes. Ni ella ni él querían ser quién capitulara primero y los minutos, y luego las horas, fueron pasando en un furioso y desaforado intercambio de amorosas despedidas. Los sorprendió la madrugada y cuando cada uno buscó su cargador para apuntalar sus escuálidas baterías ya era de noche nuevamente. No existía ya posibilidad alguna de tregua ni menos aún de rendición. La batalla sería a muerte, uno tiene su amor propio también. Al segundo día de combate los monitos eran menos y más espaciados pero porfiadamente, a punta de cóctels de café y bebidas energéticas para burlar el sueño y el extremo agotamiento, seguían llegando, de uno y otro lado. Al cuarto día hicieron su aparición los alcaloides mezclados con la receta anterior, cualquier medio era justificable para mantener el organismo en la lucha. Los ojos de cada uno eran unas masas turbias y rojizas, pero su orgullo resultó ser todavía más sanguinolento. Siguieron. Hasta que por fin, una de las despedidas no fue respondida por la contraparte. Durante largo rato ella esperó y esperó y, cuando estuvo por fin segura de que ya no llegarían más besitos en forma de tiernas caritas, se incorporó de golpe e intentó dar un salto junto con el grito de alegría que subía por su garganta pero éste, desgarradoramente, salió convertido en uno de dolor, producto de la aguda punzada que le traspasó el pecho y la dejó tirada a medio camino entre el celular, que ya no pudo manipular por la rigidez que atenazaba sus dedos y la puerta de calle, que la aisló finalmente de un eventual socorro. Antes de cerrar definitivamente los ojos alcanzó a vislumbrar, en la pantalla de su aparato, una pequeña carita, y luego otra, y otra, y otra. En un postrero y sobrehumano esfuerzo intentó alcanzar su teléfono pero fue en vano. El ramalazo que se llevó para siempre su aliento fue una mezcla de dolor y rabia. Más de la segunda que del primero, pero ya no pudo hacer nada y partió llevándose su humillación hacia el otro mundo. Nunca supo ella que al otro lado del espectro, un dedo pulsaba espasmódicamente la tecla determinada, cada vez que el coágulo que le taponeó la carótida, insistía en abrirse paso hacia el agonizante cerebro de su bienamado. Faltaban varios días de cuarentena aún, antes de que alguien les encontrara.




H. O, M., Santiago, Marzo de 2020.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias por tus historias, excelentes e interesantes.
Maldelle