El pequeño Vincenzo tironea insistentemente los faldones de la casaca de su
padre. Quiere que lo alce en brazos y le permita, por fin, acercarse a la larga
vara de metal en la que este hombre de espesas cejas y frondosa barba pasa, con
un ojo pegado a ella, noches y noches hasta el amanecer, mirando, tomando notas
y garabateando en su cuaderno abarrotado de infinitas hojas amarillentas,
llenas de extraños dibujos suyos.
Divertido, dejando a un lado pluma y papeles, lo alza y lo acerca a la rígida vara metálica al tiempo que le
advierte "guarda, Vincenzo, guarda, vi assicuro che mai, mai nella tua
vita hai visto qualcosa di simile". Con una mezcla de miedo y curiosidad
el mocoso apoya cuidadosamente un ojo, cerrando el otro como tantas veces ha visto
hacer a su padre, en el extremo inferior del extraño artilugio que asoma la otra punta por la ventana. Lo que ve le
sobrecoge el corazón de tal manera que, sin
saber si de pavor, si de maravilla, si de alegría, lágrimas y más lágrimas comienzan a brotar
de su extasiada mirada de niño
al tiempo que empañan la redonda ventanita de
cristal del dorado tubo que apunta al cielo, por la que, por primera vez en sus
tiernos cuatro años de vida, Vincenzo Galilei
se asoma al portentoso milagro del Universo, en esa cálida e iluminada noche veneciana de 1610
